Soledad Aller.

El vino se crea, es un arte, es el postulado que he querido remarcar desde el inicio de este pequeño post.

He tenido la suerte de adquirir recientemente un cuadro de la pintora Esther Roca Olivieri, la cuál dispone de varios cuadros realizados con pigmentos naturales orgánicos.

L a evolución del color del vino, ya sea tinto o blanco , desde su etapa de juventud hasta su envejecimiento, va cambiando. Puede mutar desde un rojo rubí hasta el típico rojo teja, o de un color brillante- verdoso a un intenso amarillo –oro.

En estos cuadros se puede ver un constante cambio, la vida, la inestabilidad de su textura, la creación; considero que es una visión muy cercana a esa idea inicial que siempre está en la mente de los amantes de esta cultura.

Tulio Zuloaga dijo una vez “El juego empieza en la tierra, que comunica, todo lo que tiene, a la vid, ésta transforma dicha sabiduría en la uva que coloca en la mano del enólogo, el cual, con la tranquilidad del que conoce la sabiduría paciente de elaborar sublimes caldos, interpreta la voz del terroir, la descifra y la traduce en aromas, sabores y texturas, para que dicha voz, la voz de la tierra, sea entendible al espíritu humano. Es el hombre, jugando a ser Dios.”

Y es que todo este baile del hombre y la tierra, del hombre y la vid, del hombre y su alma, este baile da sentido al resto, nos gusta sentirnos especiales, nos gusta pensar que somos capaces de controlar a la madre naturaleza, a nuestra creadora, la cuál nos observa con total condescendencia, y nos susurra ,como en un suspiro, “yo sentencio tu creación , guarda en tu memoria el bouquet imborrable de una ilusión”.

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