Dicen que el rostro es el espejo del alma. Si se traslada al vino, Vega Sicilia es el semblante amable reflejado en los caldos de calidad, aquellos a los que sólo unos pocos pueden acceder, un producto exclusivo que procede de unas cepas que sólo enraízan en el terruño de unas pocas fincas de la Ribera del Duero, un suelo envidiado por muchos en el mundo. “Lo más importante es la planta. Si se pudiera separar, cada cepa daría un vino diferente, por eso esta bodega mima sus viñas”, relata el consejero delegado de Tempos Vega Sicilia, Pablo Álvarez.

Siempre ha llamado la atención en la Ribera, sobre todo por su misterio a ICAL314990 (1)

lo largo de los 151 años que la alumbran. Pocos han podido acceder a las entrañas de la considerada bodega más prestigiosa de España. Aquella de la que, dicen, elabora uno de los mejores vinos del mundo. Para muchos de sus 4.500 clientes en los 110 países en los que vende su vino (exporta la mitad de sus botellas), Valladolid y Castilla y León son difíciles de situar en el mapa. Pero Vega Sicilia no lo es. Si la Comunidad tuviera un ministerio de exteriores, no sería de extrañar que la sede estuviera en Valbuena de Duero.

Lo mítico y la mística se entrelazan en esta bodega desde que naciera hace muchos años, allá por 1864, cuando Eloy Lecanda fundó Vega Sicilia, que con el paso de los años ha logrado conformar su propia personalidad y su prestigio en el mundo. Jesús Anadón, que dirigió la firma entre 1956 y 1982, cuando fue adquirida por la familia Álvarez, fue un hombre trascendental porque además puso en marcha más tarde la DO Ribera del Duero. Ese misterio, narra ahora Pablo Álvarez, se lo resumió el propio Anadón con una copa de vino de la mano: “No sé que es lo que pasa aquí, pero aquí pasa algo que hace los vinos diferentes. No me decía mucho, pero decía bastante”, cuenta el actual consejero delegado, en una definición sobria pero acertada.

La elaboración del vino entre los simbólicos jardines y el conjunto de históricos edificios que integran la finca es un arte en sí mismo, una cultura diferente en la que se entremezclan la artesanía antigua de hacer caldos, como lo hacían los abuelos, y la modernidad atribuida a tecnologías que han facilitado el trabajo. Un recorrido por estas instalaciones de la mano de su enólogo, Gonzalo Iturriaga, con la maquinaria más avanzada en su ámbito, da fe de la singularidad de Vega Sicilia. Incluso cuenta con una tonelería propia cuyos hilos mueve José Enrique Rodríguez, componente de una familia con amplia tradición de barricas en la Ribera del Duero.

Algunos afortunados tendrán la suerte de probar un Vega Sicilia con los aromas de esta madera en estos días de Navidad; maridado con un lechazo o un cochinillo en mesas en las que, seguro, no faltarán otros caldos de Castilla y León. “Vinos hay muchos; más sencillos o más complejos; más baratos o menos”, sostiene Álvarez, quien admite su preferencia por los vinos frescos, “los que se hacen ahora”. Anima a consumir vinos de calidad, no necesariamente los suyos, porque entiende que incluso el más barato de los que elabora, el Pintia de Toro, no es asequible para muchos bolsillos.

Una gran uva, un gran vino

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Gonzalo Iturriaga toma el mando en una visita que aclara muchos de los enigmas de esta legendaria bodega, que sólo produce vino de sus cepas, enraizadas en 200 hectáreas de una finca, Vega Sicilia, con una superficie total de mil hectáreas. “Un gran vino sólo se hace a través de una gran uva. Cuando llegué me marcó ese cuidado al detalle. Es una pasión”. Uno de los secretos es contar con trabajadores que “conocen bien el vino y esta bodega, con algunos que llevan aquí 40 años”. “La gente que trabaja aquí ha parido esto. Ponemos los cinco sentidos en hacer vino”, remarca.

Lo asegura después de cuatro meses como enólogo y director técnico, en sustitución de Javier Ausás, quien dejó paso tras 23 años en la casa. A sus 37 años, experiencia no le falta, con largas etapas laborales en Francia, así como en Rioja y en la propia Ribera del Duero. “La diferencia en Vega Sicilia es que cuando llegué aquí, probé la uva y era algo fuera de lo normal. Entendí después la calidad de los vinos”, ensalza.

La ermita de la Vega de Santa Cecilia, que pudo dar nombre a Vega Sicilia, donde se acudía a peregrinar y se celebra una fiesta en San Isidro, contribuye a la mística que rodea al Único, un crianza que reposa en barricas durante seis años y del que no salen al mercado más de 80.000 o 100.000 botellas, frente a las 200.000 del Valbuena. Ambos elaborados con la base del Tempranillo, la ‘tinta fina’. A ellos se suma el Reserva Especial, mezcla de distintos Únicos, cuyo secreto es su “envejecimiento elegante”. De hecho, a mitad de crianza, estos caldos se trasiegan de forma armónica para que pase por madera de roble americano y francés, un proceso que se realiza por lotes, en base a las 55 parcelas de la finca, con “terruño diferente” que aporta “sedosidad”, explicita Iturriaga.

Entre la tradición y la modernidad

En 1982, la familia Álvarez adquirió Vega Sicilia al empresario venezolano Hans Neuman. Después vinieron Alión, en la Ribera del Duero, de corte más modernista; Tokaj-Oremus, en Hungría; Pintia, en Toro; y Macán, en Rioja, la más reciente, en 2013. Las inversiones para modernizar el grupo no se han detenido.

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Iturriaga, madrileño de nacimiento, abre una gran puerta con acabado en madera que introduce al visitante en una nave de vinificación modernista, un mundo donde la tradición y la tecnología avanzada se aprietan la mano. Aunque la vendimia se realiza de forma manual, con cajas que separan la arena de la uva, en este edificio predomina el acero inoxidable, con depósitos y OVIS (objeto volador identificado) para mover la producción y una cámara frigorífica que permite almacenar hasta 100.000 kilos de uva “de repente”, lo que les permite adelantarse “a tormentas en vendimia, por ejemplo”. Y todo ello informatizado.

El sistema puede seleccionar 2.500 kilos de uva a la hora. Este año se ha eliminado el tres por ciento en esta fase, ya que la primera elección de uva se realiza en el propio campo. “Al final, es un vino puramente artesanal que busca la máxima calidad”, dice. En el mismo edificio, el enólogo camina hacia una sala semicircular, como si de un museo de arte contemporáneo se tratara, que alberga 19 depósitos de roble en los que fermentan los vinos destinados a ‘Único’.

Una tonelería especial

La sorpresa llega cuando al dejar la moderna nave se entra en la tonelería, donde Vega Sicilia fabrica sus propias barricas de roble americano y húngaro para la crianza de sus vinos. De la mano del maestro José Enrique Rodríguez, la madera se conserva dos años al aire libre y otro más en cubierto, para proceder al secado y ensamblar 500 barricas de roble americano y 150 del húngaro. “La calidad de la madera debe ser buena porque el tostado posterior, que se hace aquí a 210 grados de temperatura, influye en el sabor del vino”. Económicamente no es rentable para la bodega, pues fabricar las barricas tiene un coste tres veces superior por el mantenimiento de las instalaciones. “Pero al menos el control lo tenemos nosotros porque es una parte imprescindible. Nos han entregado alguna vez barricas de roble francés en malas condiciones”, sostiene Iturriaga.ICAL314633

En España, sólo Vega Sicilia y Muga, en Rioja, cuentan con tonelería propia. Por ello, las barricas de roble americano tienen hasta tres usos, mientras que la de francés, sólo uno. Todo ello contribuye a aportar “más musculatura” a estos prestigiosos vinos. Barricas de 225 litros, fabricadas con madera convertida en duelas, arqueadas en las propias entrañas de la bodega tras atravesar un proceso mecanizado y concluido con un armado con aros de hierro galvanizado. Este es, resumido, el proceso. “Es como cocinar bacalao al pilpil, con el toque del artista”, define el enólogo, ante el rubor de Rodríguez.

Todos los caminos en Vega Sicilia conducen al botellero climatizado, donde descansan los vinos tras el fin de su crianza en alguna de las 3.000 barricas, que duermen en salas donde el ajetreo es un enémigo, con suelos de mosaico, un techo ondulado y puertas automáticas que se abren casi a la misma velocidad que se cría el vino. Un vino que verá la luz convertido en arte en un momento íntimo, junto a amigos o familiares. O quizá en soledad. En muchos escenarios se puede degustar un vino, pero en pocos un Vega Sicilia.

Juan López / Ical

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